Un día te das cuenta que no tienes amor, que ese espacio físico de los cuerpos no es compartido, que los silencios son monólogos y no guiones vanguardistas donde se expresa la necesidad del cuerpo de acompasarse con el otro, un día te das cuenta que el cielo, es sólo cielo y no esa sabana blanca o azul o gris que te dicta hacía donde caminar de la mano con otro tú, otro tú que repite tu nombre dulcemente, como regando caramelo por tu cuerpo para aprisionarte en un rincón de caricias y besos, y quedarte ahí, pegado a él, a ella, a los otros porque el caramelo te quita la piel y deja al descubierto ese corazón fragilísimo que tenemos los seres humanos que bien podría romper un granizo o una gota directa de agua caliente.
Un día, porque siempre llegar y sólo es uno, porque así como en sólo un día el amor te envuelve y te hace flotar por encima de las copas de los árboles y te mantiene ahí, saltando como un conejo joven, un día tan fácil como llega, te envejece y te limpia el caramelo, te cubre el corazón y te deja solo, en silencio, monologando si es azul o gris o blanco ese tiempo que ahora te hace tan pesada la vuelta de regreso a casa y entonces es ahí donde te das cuenta que el amor es tiempo y espacio y así termina, como un reloj que se quiebra y pierde su lugar de una sala repleta de más integrantes del mundo.
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