domingo, 30 de septiembre de 2012
Susurrar es otro lenguaje, como la hoja otoñal,
como la ficticia espera del cambio de estación,
uno espera siempre en la puerta y
el clima, sin querer, siempre entra por la ventana.
Susurrar es mirar con otros ojos,
con la calma que da el suspiro,
con la dependencia que crea el silencio.
He aquí una prueba, dos lobos, uno diciéndole al otro: hay tiempos que sólo se entienden en tus ojos,
hay belleza que sólo tiene tu boca.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
miércoles, 12 de septiembre de 2012
Un día sin más te das cuenta que el lugar correcto no existe, que toda la vida te toparás con el miedo, la angustia, el odio, que siempre tendrás que decir si es blanco o negro porque los colores, las tonalidades de tu preferencia no existen, no tiene cabida y entonces te adaptarás poco a poco o muy rápido depende de tus ganas de aferrarte a ese sueño, al sueño de los árboles y las nubes o las letras o los sonidos, que el lugar correcto no existe porque no somos correctos, porque aunque digan blanco todos miran un blanco más blanco que el otro o que aunque todos digan negro todos miran un negro más oscuro, más profundo que el otro.
Pero eso sólo pasa un día, después lo olvidamos, volvemos al sueño, porque es así, andamos siempre solos por el mundo aún si alguien toma nuestra mano seguimos solos por el mundo, así llegamos, así nos iremos, al lugar correcto que cada uno tiene que construir.
Pero eso sólo pasa un día, después lo olvidamos, volvemos al sueño, porque es así, andamos siempre solos por el mundo aún si alguien toma nuestra mano seguimos solos por el mundo, así llegamos, así nos iremos, al lugar correcto que cada uno tiene que construir.
martes, 11 de septiembre de 2012
Fernando va y viene de mi memoria como pedro por su casa,
taladra y rellena cada hueco de tiempo, de soledad,
muerde todos los recuerdos viejos hasta que crea nuevos,
todos nuevos e igual de dolorosos que los viejos,
mira y mira por las ventanas y sonríe.
Se vuelve a alejar, se aleja, siempre tardando más en regresar.
lunes, 10 de septiembre de 2012
viernes, 7 de septiembre de 2012
jueves, 6 de septiembre de 2012
Estoy aquí y describo a Fernando, que aparece y desaparece de la ventana, seguramente a él le gustaría estar aquí y pasear por el cuarto, mover los libros, abriría la colección de cine mexicano, sin saber que es para él, que en cuanto lo vi en la librería saqué todos los ahorros que tenía para viajar y lo compré, seguro sabría que es suyo y lo miraría, lo hojearía, interesante tu libro diría, quedito y lo dejaría en su lugar, seguro se acercaría a la cama y se recostaría a mi lado, él nunca es violento, nunca se apresura, no le tiene miedo al tiempo, espera siempre que yo me impaciente y lo bese o me acerque a provocar con mis manos su cuerpo, a veces cuando tiene más prisa que de costumbre sólo roza mi cadera, sus manos aprietan mi cadera y dice que es mejor la tele, le gusta pasarle a los canales rápido, esa es su señal de que el tiempo se acaba, y entonces a mí me deja todo lo demás, me acerco a él y poco a poco beso su mejilla, esa mejilla que se hunde y regresa a su lugar, desde que me dejo ha subido de peso, pero su peso lo hace más atractivo, se ha cortado el cabello y ahora viste con camisa, usa pantalones sastre, mi hippie favorito convertido en capitalista, seguro que esta vez, si estuviera aquí no tendría prisa, por las noches nunca la tiene, se detiene a mirar el cielo y a comentar una que otra nueva película, yo, en mi ignorancia diría que no he visto nada pero le ofrecería un cóctel de libros que él ignoraría, nuestra relación, claramente, no se basa en las afinidades de los oficios sino en las del cuerpo, sus manos de manera extraña saben adecuarse a mis caderas, a mis senos, como le gusta apretar mis senos e ir recorriendo mi cuello con su boca, a mí en cambio me gusta más mirarlo dormir, aunque casi nunca duerme, casi nunca duerme cuando yo estoy ahí.
Si estuviera aquí, acostado al lado mío ya esperaría a que lo besara; a que mis manos pudiera entrar debajo de su playera y arañar su espalda, para terminar como siempre desnudos, sin sabanas, con la luz del cuarto apagada pero con las siluetas brillantes, fosforescentes, como si fuera un hombre increíble, para terminar como siempre el encuentro, cuando yo le digo que el amor es pertenencia y él dice: nada nos pertenece y yo pienso el amor es nuestro y ese otro nos pertenece, no en ese sentido imperialista de la propiedad privada, es algo más sutil, más onírico,
y miro como mi cama sigue vacía, como siempre, vacía conmigo, como cuando miro desaparecer a Fernando de la ventana.
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