jueves, 6 de septiembre de 2012

Estoy aquí y describo a Fernando, que aparece y desaparece de la ventana, seguramente a él le gustaría estar aquí y pasear por el cuarto, mover los libros, abriría la colección de cine mexicano, sin saber que es para él, que en cuanto lo vi en la librería saqué todos los ahorros que tenía para viajar y lo compré, seguro sabría que es suyo y lo miraría, lo hojearía, interesante tu libro diría, quedito y lo dejaría en su lugar, seguro se acercaría a la cama y se recostaría a mi lado, él nunca es violento, nunca se apresura, no le tiene miedo al tiempo, espera siempre que yo me impaciente y lo bese o me acerque a provocar con mis manos su cuerpo, a veces cuando tiene más prisa que de costumbre sólo roza mi cadera, sus manos aprietan mi cadera y dice que es mejor la tele, le gusta pasarle a los canales rápido, esa es su señal de que el tiempo se acaba, y entonces a mí me deja todo lo demás, me acerco a él y poco a poco beso su mejilla, esa mejilla que se hunde y regresa a su lugar, desde que me dejo ha subido de peso, pero su peso lo hace más atractivo, se ha cortado el cabello y ahora viste con camisa, usa pantalones sastre, mi hippie favorito convertido en capitalista, seguro que esta vez, si estuviera aquí no tendría prisa, por las noches nunca la tiene, se detiene a mirar el cielo y a comentar una que otra nueva película, yo, en mi ignorancia diría que no he visto nada pero le ofrecería un cóctel de libros que él ignoraría, nuestra relación, claramente, no se basa en las afinidades de los oficios sino en las del cuerpo, sus manos de manera extraña saben adecuarse a mis caderas, a mis senos, como le gusta apretar mis senos e ir recorriendo mi cuello con su boca, a mí en cambio me gusta más mirarlo dormir, aunque casi nunca duerme, casi nunca duerme cuando yo estoy ahí.

Si estuviera aquí, acostado al lado mío ya esperaría a que lo besara; a que mis manos pudiera entrar debajo de su playera y arañar su espalda, para terminar como siempre desnudos, sin sabanas, con la luz del cuarto apagada pero con las siluetas brillantes, fosforescentes, como si fuera un hombre increíble, para terminar como siempre el encuentro, cuando yo le digo  que el amor es pertenencia y él dice: nada nos pertenece y yo pienso el amor es nuestro y ese otro nos pertenece, no en ese sentido imperialista de la propiedad privada, es algo más sutil, más onírico,
y miro como mi cama sigue vacía, como siempre, vacía conmigo, como cuando miro desaparecer a Fernando de la ventana.

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