Entonces Sara empezó a entender que vivir en comunión con uno la abstenía de comulgar con todos los otros, para ella estaban prohibidos los paseos nocturnos por la Alameda, las visitas a cualquier café del barrio si no era del brazo de Elías, nada había más allá de los brazos delgados de Elías, nada, ni el olor de otro cabello, ni la camisa a rayas que usaba el vecino, no había otro hombre y
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