viernes, 30 de noviembre de 2012


Sube al vagón y como si lo esperara, el rincón al lado de la escalera de emergencia está vacío para Ramiro, corre y se acurruca en ese espacio para dormitar, su cuerpo sabe cuánto tiempo tiene permitido cerrar los ojos para abrirlos hasta las próximas seis estaciones y bajar adormilado, sus ojos medio abiertos van dejándose llevar por las personas, camina más despacio que todos, la gente lo empuja de un lado a otro hasta que como su fueran olas lo instalan frente a la salida.

Sale. Mira la calle llena de gente que corre de un lado a otro por la lluvia, él opta por caminar a la orilla mirando cada una de las tiendas que siempre mira, la misma muestra de pasteles secos y roídos por el tiempo en la pastelería, los mismos zapatos en el estante de la zapatería.

Su calle, una calle llena de árboles esconde su casa, una pequeña casa de una planta, con dos macetas medio secas al frente, Ramiro podría decir cuántas hojas tiene cada árbol, cada cuánto crece el pasto y la vez que ha llegado a estar más alto en toda la vida, ha caminado treinta y cuatro años por la misma calle, es decir ha visto ese pasto y esos árboles unas doce mil cuatrocientas diez veces, aprendió a caminar en esa calle, cuando sus padres murieron la casa pasó a su nombre.

Al llegar a la casa, se detiene un poco, la mira, sabe que color hay debajo del nuevo color de las ventanas, su ropa tirando gotas de agua hace que su piel se erice, camina, se asoma a la ventana, su mujer pasa un trapo por la mesita de vidrio que está en medio de los sillones, la mira por un rato y luego se dispone a abrir la puerta, acicala su camisa húmeda, se lava las manos con un chorro de agua que cae del desagüe, se pasa las manos húmedas por la cabeza, su cabello está más mojado que sus manos pero la costumbre lo manda.

Cuando está a punto de dirigirse a la entrada algo lo impulsa a sentarse, se da cuenta que desde que era un joven no se sentaba en la banca que pega a la ventana, observa las plantas y cuenta las tres flores que le quedan, un botón que está brotando, según sus cálculos no había brotado un botón en más de un mes, piensa que sería bueno cambiar el color de las ventanas y comprar nuevas cortinas, un golpe lo hace voltear, su mujer desde adentro le hace un gesto y lo llama con el mano.
Ramiro se levanta y abre la puerta, como siempre, está abierta.

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